Un golpe potente contra la ventana me
despierta. En realidad, el golpe de la
ventana lo hace. Sentada en mi apelmazado colchón de paja, desconcertada,
miro el postigo muerto sobre el suelo y a su lado la piedra asesina descansa.
Por el hueco entra el olor del peligro.
No hay tiempo de ponerse las botas, ni agarrar el chal que mi abuela tejió
aquel invierno lejano.
Esta noche no hay frío, esta noche es
salvar la vida. Después, veremos.
Corro, enredándome en las faldas, hacia
afuera. La noche está iluminada con enormes fuegos, como en las fiestas de la
cosecha. Pero esta vez el alimento de las llamas son las casas de la gente; no
hay música, sólo los gritos de terror, de ayuda.
Grandes sombras se recortan en el
resplandor naranja, grandes bestias montadas a caballo hacen espectáculo de sus
grandezas adquiridas en tabernas. Corren de aquí para allá, divirtiéndose,
persiguiendo a los pobres aldeanos que intentan, en vano, salvar sus chozas.
Descubro a mi madre, valiente, esgrimir
la espada de mi padre y alejar a los saqueadores. En vano, todo en vano. Porque
ya se llevaron el ganado, los granos y los pocos objetos de valor, a padres y
hermanos.
Corro con las mujeres, tironeando del
vestido de mi madre. Le grito que deje todo. ¿Todo qué?“La muerte”, me dice después, refugiadas en el bosque. “Dejamos atrás la muerte, y mañana
volveremos a nacer”.
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