1 de octubre de 2015

Sitiados.


Un golpe potente contra la ventana me despierta. En realidad, el golpe de la ventana lo hace. Sentada en mi apelmazado colchón de paja, desconcertada, miro el postigo muerto sobre el suelo y a su lado la piedra asesina descansa.

Por el hueco entra el olor del peligro. No hay tiempo de ponerse las botas, ni agarrar el chal que mi abuela tejió aquel invierno lejano.

Esta noche no hay frío, esta noche es salvar la vida. Después, veremos.

Corro, enredándome en las faldas, hacia afuera. La noche está iluminada con enormes fuegos, como en las fiestas de la cosecha. Pero esta vez el alimento de las llamas son las casas de la gente; no hay música, sólo los gritos de terror, de ayuda.

Grandes sombras se recortan en el resplandor naranja, grandes bestias montadas a caballo hacen espectáculo de sus grandezas adquiridas en tabernas. Corren de aquí para allá, divirtiéndose, persiguiendo a los pobres aldeanos que intentan, en vano, salvar sus chozas.

Descubro a mi madre, valiente, esgrimir la espada de mi padre y alejar a los saqueadores. En vano, todo en vano. Porque ya se llevaron el ganado, los granos y los pocos objetos de valor, a padres y hermanos.

Corro con las mujeres, tironeando del vestido de mi madre. Le grito que deje todo. ¿Todo qué?“La muerte”, me dice después, refugiadas en el bosque. “Dejamos atrás la muerte, y mañana volveremos a nacer”.

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