- Y tú, que tienes
confianza en tu cuerpo, ¿tienes confianza en mí? –Le preguntó Carla a Donovan,
desafiándolo con el mentón en alto y los hombros trabados.
Donovan contuvo el aliento
y sumido en la penumbra, sonrió.
Carla le había hecho los
entrenamientos imposibles. Bailarina de nacimiento y terca de profesión, con el
hobbie del infantilismo, había puesto a prueba toda su disciplina como bailarín
clásico. Obligada a crecer a los golpes, estaba descargando su etapa de la
niñez con él.
Pero así como lo sacaba
de quicio con sus berrinches y sinsentidos, le admiraba su capacidad corporal
de transformarse: Cuando la tenía entre sus brazos parecía miel caliente,
arcilla para modelar, iba y venía como un yo-yo, siempre dispuesta a retozar en
sus manos. Mas cuando danzaba lejos de él, cuando hacía sus solos era una
figura dominante, fuerte para erguirse como nueva flor en primavera, tan
orgullosa y hermosa.
Ahora, ¿si confiaba en
ella? El mundo era una total y cruel mentira. ¿Cómo podía confiar en la gente,
en su entorno, en las cosas más mundanas, cuando lo más simple del mundo es el
cuentito de que el cielo es azul y es una mentira? ¿Cómo confiar cuando te
dicen que Papá Noel existe, antes de contarte que es imposible que un gordo,
con graves problemas de salud seguramente, vista ropas tan abrigadas en pleno
verano?
Sí, tenía confianza en
su cuerpo, sabía qué podía exigirle.
Y se descubrió pensando
que también confiaba en ella, que era una de las certezas que tenía en su vida.
Una sonrisa sincera
nació de lo más profundo de las entrañas y la sostuvo con elegancia, al mismo
instante en que se prendía la luz y la orquesta marcaba el comienzo de la pieza
musical.
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