12 de octubre de 2015

Confía en mí.



- Y tú, que tienes confianza en tu cuerpo, ¿tienes confianza en mí? –Le preguntó Carla a Donovan, desafiándolo con el mentón en alto y los hombros trabados.
Donovan contuvo el aliento y sumido en la penumbra, sonrió.
Carla le había hecho los entrenamientos imposibles. Bailarina de nacimiento y terca de profesión, con el hobbie del infantilismo, había puesto a prueba toda su disciplina como bailarín clásico. Obligada a crecer a los golpes, estaba descargando su etapa de la niñez con él.
Pero así como lo sacaba de quicio con sus berrinches y sinsentidos, le admiraba su capacidad corporal de transformarse: Cuando la tenía entre sus brazos parecía miel caliente, arcilla para modelar, iba y venía como un yo-yo, siempre dispuesta a retozar en sus manos. Mas cuando danzaba lejos de él, cuando hacía sus solos era una figura dominante, fuerte para erguirse como nueva flor en primavera, tan orgullosa y hermosa.
Ahora, ¿si confiaba en ella? El mundo era una total y cruel mentira. ¿Cómo podía confiar en la gente, en su entorno, en las cosas más mundanas, cuando lo más simple del mundo es el cuentito de que el cielo es azul y es una mentira? ¿Cómo confiar cuando te dicen que Papá Noel existe, antes de contarte que es imposible que un gordo, con graves problemas de salud seguramente, vista ropas tan abrigadas en pleno verano?
Sí, tenía confianza en su cuerpo, sabía qué podía exigirle.
Y se descubrió pensando que también confiaba en ella, que era una de las certezas que tenía en su vida.
Una sonrisa sincera nació de lo más profundo de las entrañas y la sostuvo con elegancia, al mismo instante en que se prendía la luz y la orquesta marcaba el comienzo de la pieza musical.

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