2 de octubre de 2015

Diario: Noche uno.

Iba a poner "día" y me acordé que son las 0:25, así que no daba. Iba a escribir mañana, pero el mate se me enfrió y quería hablar hoy.
Hoy he hablado muchas veces con él. Todas en mi cabeza, obvio. Inventé excusas a varias situaciones, rememoré su mirada y sus palabras, su cercanía al hablarme. Porque eso hace él, hablarme cerca, muy cerca y lo odio, porque es como si lo supiera y me provocara, y se divierte con eso.
Todo empezó el primer día que lo conocí, allá por... Sinceramente no recuerdo, esa memoria femenina de recordar lugares y fechas me se fue extraída al nacer. Me saludó con un beso en la mejilla, lo común, y me sorprendió el extraño olor que traía, dulzón con toques de rebelión. Tal vez eso de "chico malo" que a muchas mujeres les atrae.
Desde entonces, a la distancia, nos hemos mirado a escondidas y desviando la vista cuando nos encontramos. Incluso hoy seguimos haciendo eso.
Uy, siento el nerviosismo corrosivo en el estómago.

Con unas semanas más de vernos, comenzó a saludarme con un medio abrazo posesivo. Iba de frente para el choque de mejillas cuando él me interceptaba un instante después que acercaba mi rostro al suyo (por suerte no tengo que ponerme en punta de pie para saludarlo, como lo hago con el resto de los mortales), me pasaba un brazo por los hombros y me abrazaba a él, con el choque de mejillas y el beso correspondiente. Un par de medio-abrazos posesivos después, empezó a apoyar directamente sus labios en mi mejilla.
En el medio, comenzamos a buscar complicidad con la mirada. Nos encontrábamos manteniendo conversaciones a lo lejos y en silencio:
"¿Escuchaste eso?"
"Sí, no lo puedo creer."
"Pensé que había escuchado mal, que estaba loco."
Y al rato:
"Me distraje, ¿cómo llegaron a este tema?"
"No lo sé y eso que presté atención."
"Estos viejos ya les pegó mal la bebida..."
Y así nos reíamos, cómplices, como si supiéramos un secreto que nadie más que nosotros dos conocía.
Hace un par de noches, al saludarme, me abrazó. Con los dos brazos y pegándome a su cuerpo. Se sonrió al verme y ¡zas! por los hombros. Lo terrible para mi cordura, es que se queda unos momentos sosteniéndote y que a medida que se suceden los saludo-abrazos, esos momentos se alargaran más.
Es increíble cómo nos buscamos a veces, cómo buscamos el estar cerca. A veces nos paramos al lado del otro y es como si despertáramos, "¿qué carajos hago acá?" y nos vamos para otro lado.
Y ahora me habla bien pegado a mí, invadiendo mi espacio personal, a centímetros y con los ojos puestos en el otro.
Siento que moriré de tantos sentimientos juntos, porque hace muchísimo que no me pasaba tan fuerte.
Seguramente él lo haga con muchas, como si fuera normal esto. A mí, me mata.

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