Estaba emocionada pensando que vendrías, que compartiríamos mucho tiempo juntos; lejos de los lugares que nos definen, que tienen un pasado, que tienen nuestro pasado. Aquí, seríamos sólo tú y yo, uno con la naturaleza, dos ciervos salvajes, dos ejemplares dignos de graficar lo masculino y glorioso, y lo femenino y elegante.
Haríamos lo usual: miradas, sonrisitas, conversaciones mudas a lo lejos, abrazos por la cintura y mi cabeza reclinada en tu hombro. Nada de lo que no hubiéramos hecho ya. Aquí, sin embargo, serían dos o tres o mil de cada cosa, porque teníamos tiempo, podíamos disfrutar el uno del otro. Podríamos... No dejaré volar mi mente, no dejaré que la película se desarrolle, porque a nosotros se nos terminó el rollo antes de empezar. Porque no viniste. Porque yo no vine. Y sí, no fue culpa tuya, pero me quiero enojar con vos. Vos sos el culpable de esto, de este tiempo erróneo que nos toca vivir, porque vos llegaste temprano y yo llegué tarde.
Sólo puedo ser la amiguita de las miraditas agonizantes, esas que notas y las que no, las que noto que me das y las que no.
Que imán enfermizo que nos une, nos pega, nos atrae, nos colisiona y estallamos y morimos y volvemos a nacer... Para que no vengas, para que no vaya, para que nos miremos a lo lejos. Sólo a los lejos.
24 de octubre de 2015
12 de octubre de 2015
Confía en mí.
- Y tú, que tienes
confianza en tu cuerpo, ¿tienes confianza en mí? –Le preguntó Carla a Donovan,
desafiándolo con el mentón en alto y los hombros trabados.
Donovan contuvo el aliento
y sumido en la penumbra, sonrió.
Carla le había hecho los
entrenamientos imposibles. Bailarina de nacimiento y terca de profesión, con el
hobbie del infantilismo, había puesto a prueba toda su disciplina como bailarín
clásico. Obligada a crecer a los golpes, estaba descargando su etapa de la
niñez con él.
Pero así como lo sacaba
de quicio con sus berrinches y sinsentidos, le admiraba su capacidad corporal
de transformarse: Cuando la tenía entre sus brazos parecía miel caliente,
arcilla para modelar, iba y venía como un yo-yo, siempre dispuesta a retozar en
sus manos. Mas cuando danzaba lejos de él, cuando hacía sus solos era una
figura dominante, fuerte para erguirse como nueva flor en primavera, tan
orgullosa y hermosa.
Ahora, ¿si confiaba en
ella? El mundo era una total y cruel mentira. ¿Cómo podía confiar en la gente,
en su entorno, en las cosas más mundanas, cuando lo más simple del mundo es el
cuentito de que el cielo es azul y es una mentira? ¿Cómo confiar cuando te
dicen que Papá Noel existe, antes de contarte que es imposible que un gordo,
con graves problemas de salud seguramente, vista ropas tan abrigadas en pleno
verano?
Sí, tenía confianza en
su cuerpo, sabía qué podía exigirle.
Y se descubrió pensando
que también confiaba en ella, que era una de las certezas que tenía en su vida.
Una sonrisa sincera
nació de lo más profundo de las entrañas y la sostuvo con elegancia, al mismo
instante en que se prendía la luz y la orquesta marcaba el comienzo de la pieza
musical.
Palabras al aire.
Las
palabras se le agolpaban en la mente, le pinchaban las entrañas, le quemaban la
piel. Algunas veces se escapaba alguna por los labios, otras por los ojos.
Muchas llegaron al papel y se muestran victoriosas y orgullosas ante las que no
tienen el coraje suficiente para plasmarse o mueren en el camino.
La
mayoría le hicieron cuartel en la mente. Conferencias, coloquios, obras de
teatro, guiones de películas, frases practicadas delante del espejo, discursos
de brindis y mentiras de grandeza jamás dichas a un oído. Todas en su cabeza.
Todas gritando y murmurando y susurrando a la vez. No había momentos de paz ni
forma de callarlas, eran irrespetuosas que no entendían de bloques
publicitarios ni noches de sueño reparador, ni siquiera silencios
contemplativos en la lluvia.
Un
día hubo una gran explosión, una gran palabra vino a dominarlas a todas.
Irrumpió con los signos de exclamación en alto, destruyó el cofre contenedor y
las echó a todas a volar, como si golpeara pelotas con un palo y las enviara al
cielo.
Mi
mamá me contó que si sales al silencio de la noche con una radio y buscas la
interferencia, puedes escuchar las voces del mundo que siguen rebotando en la
atmosfera.
Tantas
palabras sueltas en el aire buscando orejas que descansar.
Las
palabras no son sólo palabras...
10 de octubre de 2015
Perdóname, Vida.
“No sos de mi época, no vas a entender...”
“Vos sos joven y te crees que sos inmortal, pero cuando
tengas mi edad...”
“Sos joven y te llevas la vida por delante...”
“Antes, en mis tiempos...”
“Esto ya no es lo que era...”
Perdóname Vida, soy joven.
Perdóname, porque disfruto de la vida sin preocuparme que
la muerte vaya a caerme. Ya sé que vendrá, personalmente quiero que sea rápido,
¿por qué me preocuparé de ello ahora?
Perdóname por no haber llegado a tu vida cuando tenías
dos años y así comprender tu época.
Perdóname por no haber sufrido tu pasado. Yo también
tengo mis propios fantasmas para ocuparme, y mis batallas son mías y soy yo
quien sale herida. Perdona si lloro un dolor que te parece insignificante.
Perdóname por no vivir de melancolía en melancolía,
conjugando los verbos en pasado. Estoy ocupada en disfrutar a la gente que
tengo alrededor de mí sin importar si hay algo que me molesta o me cae mal. El
cerebro después se ocupará de eliminar lo malo y podré llorar a los que se
fueron, en su momento. Llorarlos una vez, no toda la vida.
Perdóname Vida, por querer vivir una vida que es
transitoria, dinámica, donde todo sigue su curso y no se va a detener porque
tropezaste o perdiste el equilibrio.
Puentes.
- Señora, ¿le ayudo a subirse el cierre de las botas?
Le pregunté.
- No, querida. Quien me subía los cierres, hoy no está
para bajármelos.
Puentes que -una vez rotos- conservan belleza a su
manera.
¿Quiaché, domingo?
El día que te fuiste no lloré por ti. Lloré por tus
nietos, por el abrazo en el que sentí como mis bestias imbatibles se convertían
en pequeñas ardillitas asustadas, por pascuas sin cabezas donde romper huevos
de chocolate, por fiestas sin cabecera en la mesa.
Yo te despedí un domingo. La reja me saludó rechinante
cuando salí a la calle a respirar un poco de aire, después de una noche sentada
escribiendo. Estaba desconectada, dejándome vagar con la suave brisa. Me
convertí en pluma que viaja por un mar de estrellas y cae en un amarillo tibio
de sol, volé con las aves negras que surcaron el cielo y me volví tierra. Los
árboles sacudieron sus hojas cuando pasé frente a ellos, mi pelo se pintó uno
con el paisaje al agitarse con las ráfagas heladas, bailé con las hadas
naturales despertando la mañana.
Yo te despedí un domingo. Regresé mis pasos por el camino
de tierra en medio del monte y llegué a casa cuando el cielo estaba
completamente celeste. Ni una estrella brillaba ni me estabas esperando con un
efusivo abrazo.
Mis domingos te pertenecían. Ahora quedaron abandonados,
mirando las aves surcar el cielo y ellos sin alas con las que volar. Sin
posibilidad de tomar un café contigo allá arriba.
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