Juguemos un juego,
esos juegos que a ti te gustaban jugar. Te enviaré siete fotografías y tú
intenta adivinar qué tal estoy desde que me dejaste.
Mi laptop está en
el mismo lugar y tal cual la dejaste, en tu irritable actitud de no respetar mi
privacidad.
Me dejaste la
aureola que delimita la frontera del abandono al lado de mi taza, en el
aparador. El mueble me rebalsa de platos y cubiertos que no uso, que no me son
necesarios y que no hacen otra cosa más que decirme lo solo que estoy.
La ropa sigue en
tus cajones, las camisas y sacos colgados del armario. El cepillo de dientes
sigue en el baño junto a tu peine.
Los muebles ya no
tienen tus pisadas, en tu manía por no respetarlos.
Juguemos un juego,
cariño. Juguemos el juego que nunca se acaba, en el que estás por todas partes
pero no estás.
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