El día que te fuiste no lloré por ti. Lloré por tus
nietos, por el abrazo en el que sentí como mis bestias imbatibles se convertían
en pequeñas ardillitas asustadas, por pascuas sin cabezas donde romper huevos
de chocolate, por fiestas sin cabecera en la mesa.
Yo te despedí un domingo. La reja me saludó rechinante
cuando salí a la calle a respirar un poco de aire, después de una noche sentada
escribiendo. Estaba desconectada, dejándome vagar con la suave brisa. Me
convertí en pluma que viaja por un mar de estrellas y cae en un amarillo tibio
de sol, volé con las aves negras que surcaron el cielo y me volví tierra. Los
árboles sacudieron sus hojas cuando pasé frente a ellos, mi pelo se pintó uno
con el paisaje al agitarse con las ráfagas heladas, bailé con las hadas
naturales despertando la mañana.
Yo te despedí un domingo. Regresé mis pasos por el camino
de tierra en medio del monte y llegué a casa cuando el cielo estaba
completamente celeste. Ni una estrella brillaba ni me estabas esperando con un
efusivo abrazo.
Mis domingos te pertenecían. Ahora quedaron abandonados,
mirando las aves surcar el cielo y ellos sin alas con las que volar. Sin
posibilidad de tomar un café contigo allá arriba.
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