10 de octubre de 2015

¿Quiaché, domingo?



El día que te fuiste no lloré por ti. Lloré por tus nietos, por el abrazo en el que sentí como mis bestias imbatibles se convertían en pequeñas ardillitas asustadas, por pascuas sin cabezas donde romper huevos de chocolate, por fiestas sin cabecera en la mesa.
Yo te despedí un domingo. La reja me saludó rechinante cuando salí a la calle a respirar un poco de aire, después de una noche sentada escribiendo. Estaba desconectada, dejándome vagar con la suave brisa. Me convertí en pluma que viaja por un mar de estrellas y cae en un amarillo tibio de sol, volé con las aves negras que surcaron el cielo y me volví tierra. Los árboles sacudieron sus hojas cuando pasé frente a ellos, mi pelo se pintó uno con el paisaje al agitarse con las ráfagas heladas, bailé con las hadas naturales despertando la mañana.
Yo te despedí un domingo. Regresé mis pasos por el camino de tierra en medio del monte y llegué a casa cuando el cielo estaba completamente celeste. Ni una estrella brillaba ni me estabas esperando con un efusivo abrazo.
Mis domingos te pertenecían. Ahora quedaron abandonados, mirando las aves surcar el cielo y ellos sin alas con las que volar. Sin posibilidad de tomar un café contigo allá arriba.

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