Se me
rompió la puerta del microondas y con la taza de café dentro. La taza danzaba
orgullosa, como dando su último show. Y así fue. Por más que apreté y apreté el
botón mil veces por minuto y tironeé de la puerta, esta no cedió. Le di un par
de golpes... pero la toma de rehenes continuó.
Levanté
la vista a la cafetera y consternada descubrí que no había más café. Busqué en
las alacenas, ni café instantáneo o el mismo de filtro, para improvisar algo.
Ni capuchino o alguna otra variante, el último y sagrado poco de café estaba en
el microondas.
El té no
me despierta y el mate se me enfría si lo tomo sola mientras estudio. Los
libros y fotocopias parecían aumentar cada vez que miraba la mesa; la cama me
bailaba sensual y me cantaba como sirena.
Una
pequeñez como el mecanismo de cierre de una puerta no puede ganarme. Con la
poca paciencia que reuní, esgrimí un cuchillo e intenté hacer palanca, lograr
llegar a las trabas.
Finalmente,
antes de hacerle un hueco al plástico de la puerta, levanté la bandera blanca y
una hora después me dormí sobre los apuntes de la facultad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario