4 de octubre de 2015

El café rehén.



Se me rompió la puerta del microondas y con la taza de café dentro. La taza danzaba orgullosa, como dando su último show. Y así fue. Por más que apreté y apreté el botón mil veces por minuto y tironeé de la puerta, esta no cedió. Le di un par de golpes... pero la toma de rehenes continuó.
Levanté la vista a la cafetera y consternada descubrí que no había más café. Busqué en las alacenas, ni café instantáneo o el mismo de filtro, para improvisar algo. Ni capuchino o alguna otra variante, el último y sagrado poco de café estaba en el microondas.
El té no me despierta y el mate se me enfría si lo tomo sola mientras estudio. Los libros y fotocopias parecían aumentar cada vez que miraba la mesa; la cama me bailaba sensual y me cantaba como sirena.
Una pequeñez como el mecanismo de cierre de una puerta no puede ganarme. Con la poca paciencia que reuní, esgrimí un cuchillo e intenté hacer palanca, lograr llegar a las trabas.
Finalmente, antes de hacerle un hueco al plástico de la puerta, levanté la bandera blanca y una hora después me dormí sobre los apuntes de la facultad.

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