Mi papá me dijo
que iba a pintar las paredes de mi pieza. Le pedí permiso para escribir en
ellas con lápiz.
Siempre quise
escribir libremente las paredes.
Ahora, que me
encontraba frente al lienzo más grande que podía tener, no se me ocurría nada.
En el momento en que iba a tirar el lápiz y resignarme, evoqué tu mirada, tus
sonrisas, tu risa que no es la más bella pero que me da mucha ternura, evoqué
tu voz al leer y los gestos de tus manos callosas que siempre hacen el mismo
movimiento de atornillar cosas enormes e imaginarias.
Todas las palabras
vinieron a mí como el agua del deshielo baja rauda por la montaña. Escribí los
más escandalosos párrafos, las más locas ideas, todas aquellas palabras que
tendría que decirte pero que se me acobardan al primer momento.
Por unos trazos de
lápiz fui feliz, libre, nada me parecía imposible.
"¡La primer
mano se la doy yo, pa!" grité avergonzada y temerosa al ver mi obra acabada.
Las palabras se
salen del muro, mis secretos laten como corazones delatores.
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