Soy petiza. Mi metro cincuenta y siete no parece ser suficiente
para esta sociedad tan estirada. Incluso con plataformas tengo que ponerme en
punta de pie para saludar.
Adoro la lluvia. A veces uso paraguas, pero es más un
objeto molesto para los demás que una ayuda para mí. Miles de mangas han
desfilado a mi lado con manchas oscuras provocadas por los bordes de mi
paraguas, miles de brazos y pechos golpeados sin querer. Yo terminaba mojándome
igual y encima recibía agradables saludos a mi madre o a una hermana que no tengo. Si no uso uno, además de
la lluvia que recibimos todos, me cae el fino hilo de agua helada de los
paraguas que pasan por encima de mí.
Un día me cansé y busqué la escopeta de mi padre. Esto
iba a tener un fin. Tras una tarde de planificación y diseño, me dispuse feliz
a esperar la próxima lluvia.
Cuando las primeras gotas se adivinaron en las baldosas,
esgrimí la escopeta y salí contenta y
orgullosa a la calle.
Me producía satisfacción caminar tranquila sin chocar a
nadie, sin que los paraguas se enreden; disfrutar de la lluvia, admirarla en
todo su esplendor.
Me paré en una esquina a esperar que el semáforo me diera
el OK para cruzar. Acaricié distraídamente
la escopeta y la acomodé sobre mi hombro para que la copa del paraguas me cubra
bien por todos los costados.
En ese momento, un
patrullero estacionó junto a mí y varios policías me rodearon.
Por eso, señor juez,
esta nota de descargo. ¡Mi único delito es haber nacido petiza, no poner un
paraguas dentro del cañón de la escopeta para poder caminar en paz por la
calle!
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