4 de octubre de 2015

Cuando mi escopeta se convirtió en paraguas.



Soy petiza. Mi metro cincuenta y siete no parece ser suficiente para esta sociedad tan estirada. Incluso con plataformas tengo que ponerme en punta de pie para saludar.
Adoro la lluvia. A veces uso paraguas, pero es más un objeto molesto para los demás que una ayuda para mí. Miles de mangas han desfilado a mi lado con manchas oscuras provocadas por los bordes de mi paraguas, miles de brazos y pechos golpeados sin querer. Yo terminaba mojándome igual y encima recibía agradables saludos a mi madre o a una hermana que no tengo. Si no uso uno, además de la lluvia que recibimos todos, me cae el fino hilo de agua helada de los paraguas que pasan por encima de mí.
Un día me cansé y busqué la escopeta de mi padre. Esto iba a tener un fin. Tras una tarde de planificación y diseño, me dispuse feliz a esperar la próxima lluvia.
Cuando las primeras gotas se adivinaron en las baldosas, esgrimí la  escopeta y salí contenta y orgullosa a la calle.
Me producía satisfacción caminar tranquila sin chocar a nadie, sin que los paraguas se enreden; disfrutar de la lluvia, admirarla en todo su esplendor.
Me paré en una esquina a esperar que el semáforo me diera el OK para cruzar. Acaricié distraídamente la escopeta y la acomodé sobre mi hombro para que la copa del paraguas me cubra bien por todos los costados.
En ese momento, un patrullero estacionó junto a mí y varios policías me rodearon.
Por eso, señor juez, esta nota de descargo. ¡Mi único delito es haber nacido petiza, no poner un paraguas dentro del cañón de la escopeta para poder caminar en paz por la calle!

No hay comentarios:

Publicar un comentario