Las
palabras se le agolpaban en la mente, le pinchaban las entrañas, le quemaban la
piel. Algunas veces se escapaba alguna por los labios, otras por los ojos.
Muchas llegaron al papel y se muestran victoriosas y orgullosas ante las que no
tienen el coraje suficiente para plasmarse o mueren en el camino.
La
mayoría le hicieron cuartel en la mente. Conferencias, coloquios, obras de
teatro, guiones de películas, frases practicadas delante del espejo, discursos
de brindis y mentiras de grandeza jamás dichas a un oído. Todas en su cabeza.
Todas gritando y murmurando y susurrando a la vez. No había momentos de paz ni
forma de callarlas, eran irrespetuosas que no entendían de bloques
publicitarios ni noches de sueño reparador, ni siquiera silencios
contemplativos en la lluvia.
Un
día hubo una gran explosión, una gran palabra vino a dominarlas a todas.
Irrumpió con los signos de exclamación en alto, destruyó el cofre contenedor y
las echó a todas a volar, como si golpeara pelotas con un palo y las enviara al
cielo.
Mi
mamá me contó que si sales al silencio de la noche con una radio y buscas la
interferencia, puedes escuchar las voces del mundo que siguen rebotando en la
atmosfera.
Tantas
palabras sueltas en el aire buscando orejas que descansar.
Las
palabras no son sólo palabras...
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