Mi mamá me contó la
historia de un florista en Berlín. No sé si será cierta, yo quiero creer que
sí, que después de todo un poco de humanidad nos ilumina, que podemos, todavía,
encontrar belleza en las cosas más simples.
Después de la guerra
(elija a su gusto, tenemos para complacer a todos en nuestra Historia), las
ciudades quedan devastadas, la gente sangra por heridas carnales y
espirituales. La inmortalidad pareciera más que nunca un gran mito.
Al finalizar la
guerra, un florista en Berlín puso un puestito. Entre escombros, entre lo
grisáceo de las calles, la desolación y el desánimo, su modesto puesto se
destacaba por el colorido de las flores silvestres más bellas.
Parecería ofensivo
que un hombre exhibiera flores altaneras en un momento como ese; un negocio de
alto riesgo. ¡Quién en su sano juicio abre una florería en una posguerra!
Pero la gente no
tenía demasiadas monedas en sus bolsillos al finalizar la semana y las pocas
que le sobraban, las invertían en una flor.
Una simple flor
adornaba una casa de tres paredes y una montaña de ladrillos.
Una planta danzando
entre la belleza y la muerte, les recordaba la esperanza de un tiempo mejor por
venir, les alegraba un poco la vida y alimentaba el alma.
El hombre busca
pequeñas certezas a las que aferrarse. Si una frágil flor puede sobrevivir a
esto, ¿por qué yo no?
No hay comentarios:
Publicar un comentario