13 de septiembre de 2015

Mi florería

Mi mamá me contó la historia de un florista en Berlín. No sé si será cierta, yo quiero creer que sí, que después de todo un poco de humanidad nos ilumina, que podemos, todavía, encontrar belleza en las cosas más simples.
Después de la guerra (elija a su gusto, tenemos para complacer a todos en nuestra Historia), las ciudades quedan devastadas, la gente sangra por heridas carnales y espirituales. La inmortalidad pareciera más que nunca un gran mito.
Al finalizar la guerra, un florista en Berlín puso un puestito. Entre escombros, entre lo grisáceo de las calles, la desolación y el desánimo, su modesto puesto se destacaba por el colorido de las flores silvestres más bellas.
Parecería ofensivo que un hombre exhibiera flores altaneras en un momento como ese; un negocio de alto riesgo. ¡Quién en su sano juicio abre una florería en una posguerra!
Pero la gente no tenía demasiadas monedas en sus bolsillos al finalizar la semana y las pocas que le sobraban, las invertían en una flor.
Una simple flor adornaba una casa de tres paredes y una montaña de ladrillos.
Una planta danzando entre la belleza y la muerte, les recordaba la esperanza de un tiempo mejor por venir, les alegraba un poco la vida y alimentaba el alma.
El hombre busca pequeñas certezas a las que aferrarse. Si una frágil flor puede sobrevivir a esto, ¿por qué yo no?

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